La regulación emocional y las rabietas

En torno al año y medio o dos años de edad, y gracias a los notables cambios que experimenta en esta etapa (consolidación de la bipedestación y la marcha, mejora de la percepción espacial, inicio de algunos hábitos de autonomía...), el niño se vuelve más independiente respecto a sus padres, a los que ha estado muy unido físicamente desde su nacimiento. Comienza a sentir la necesidad de afirmar su recién estrenada personalidad, y se da cuenta de que tiene deseos distintos y muchas veces opuestos a los de sus figuras de apego; cuando éstos entran en conflicto y se encuentra incómodo o irritado, la rabieta es casi siempre el único recurso que le queda para desahogarse, ya que aún no ha desarrollado un lenguaje que le permita expresar cómo se siente.

Como es lógico, muchos padres viven con cierta preocupación y ansiedad estas crisis, que en realidad son inherentes a esa fase del desarrollo infantil, y no una forma de manipulación por parte de los peques, como se les hace creer a menudo. Simplemente, los niños no están preparados ni fisiológica ni psicológicamente para afrontar las emociones negativas de otra forma, sus órganos y sistemas no están maduros para ello.

A partir de los tres o cuatro años, con el aumento de sus competencias lingüísticas, una mayor maduración del sistema nervioso y las experiencias acumuladas en sus interacciones con el medio físico y social, el niño va adquiriendo ya algunas habilidades para comunicarse. Es entonces cuando las rabietas comienzan a atenuarse y a espaciarse en el tiempo, ya que ahora le resulta más fácil explicar y compartir sus estados de ánimo.

Cómo actuar

Lo primero que debemos tener en cuenta es que no podemos pedir a un niño pequeño que se comporte como se supone que lo haría una persona madura, es decir, de forma asertiva y controlada, y mucho menos cuando se trata de una situación que le genera disgusto y frustración. Lo cierto es que también los adultos frecuentemente tenemos dificultades para regular y expresar adecuadamente nuestras emociones, aún cuando lo intentamos con empeño.

No le ignores.

Una persona que lo pasa mal y llora, sea niño o adulto, necesita ser atendido y consolado, no ignorado. Cuando pasamos por un disgusto, esperamos que quienes nos rodean y nos quieren reaccionen activa y positivamente; si nos diesen la espalda y se comportasen como si no pasara nada, lo viviríamos como una tremenda decepción y probablemente nuestra relación con ellos se resentiría gravemente. ¿Por qué, entonces, sí aceptamos la retirada de atención como un método efectivo con los niños?

Los pequeños necesitan saber que cuentan con el amor incondicional de los suyos, y se sienten, como mínimo, desconcertados si éstos sólo les hacen caso cuando “se portan bien” y, justo cuando más necesitan su comprensión, les ignoran o les destierran a la habitación de al lado. Si la situación se repite por costumbre, el niño seguramente se resignará a no ser atendido cuando lo necesite y aprenderá a no contar con la ayuda de nadie en los malos momentos... triste, ¿verdad?

Acepta sus emociones y dale consuelo.

Una vez que se ha desencadenado la crisis, el niño lo pasa mal y no comprende exactamente qué le sucede; entonces, lo de menos es el motivo del enfado, ya que la situación lo ha superado por completo y para él sólo existen su rabia y su malestar.

Si la rabieta os sorprende con más personas cerca, tal vez éste sea el momento en que os toque escuchar consejos bienintencionados, pero a mi entender desacertados: “... se os subirá a las barbas si le seguís la corriente...”, “... está tratando de manipularos...”, “... si no le hacéis caso se le pasará...”, etc. Sin embargo, es importante no juzgarle y mostrarle vuestro apoyo y cariño, haciéndole ver que entendéis y aceptáis cómo se siente; si recibe abrazos y consuelo cuando lo necesita, lo más seguro es que se calme enseguida y, en lo sucesivo, acuda a vosotros cuando se sienta triste o desorientado.

Entre otras cosas, con esa actitud le proporcionamos un modelo adecuado de autocontrol y empatía; también le enseñamos a confiar en los demás, a sentirse cómodo con sus estados de ánimo y a saber identificar, permitir y acompañar las emociones ajenas.