La presencia de los padres en una casa nido

La permanencia de los padres en la casa nido es necesaria durante el período de adaptación y, si se da el caso, en momentos delicados en los que el niño pueda requerir especialmente su apoyo; pero también es deseable que, una vez el pequeño haya logrado integrarse, pasen de vez en cuando un ratín con nosotros cuando vengan a traerlo o a recogerlo, y aunque no siempre es posible, el día que pueden permitírselo es muy gratificante, no sólo para su hijo, sino para todos los que recibimos esa visita.

Como figuras principales de referencia para ellos, los niños tienen el deseo de mostrar a su familia los escenarios de sus proezas caseras, sus escondites y los pequeños tesoros que alberga ese otro espacio que no es su casa, pero que ellos llegan a considerar su segundo hogar; están ansiosos por reproducir en compañía de sus padres algunas de sus rutinas y acciones favoritas, y les resulta excitante ver cómo participan en ellas. La fiesta que se forma cuando la madre de Oliver juega a buscar a los tres peques, misteriosamente “perdidos” bajo unos cojines, o la calma que la madre de Alicia transmite cuando les lee un cuento son ya en sí mismos motivos suficientes, pero existen algunos más...

Aparte de proporcionarnos la oportunidad de intercambiar información y de que las familias puedan ver de primera mano cómo trabajamos, esta sana costumbre tiene otras ventajas, como puede ser que ayuda a consolidar el proceso de adaptación. Durante las primeras semanas que pasó Alicia en Okapi, nada le gustaba más que dedicar “visitas guiadas” a sus padres en cuanto cruzaban la puerta: comenzaba por la escalera, asomándose por los huecos entre los escalones y enseñándoles todo lo que se podía ver desde allí; solía entregar a su madre una de las hojas del árbol de papel que adorna el tramo de pared de subida y siempre me pareció significativo ese gesto que tantas veces he visto en otros niños, como si ese pequeño obsequio simbolizase algo más que un simple objeto que ofrecer a sus padres... Ese ritual casi diario le infundía confianza y le hacía sentir que al día siguiente ellos estarían también allí para acompañarla en sus recorridos, que al cabo de poco tiempo fueron espaciándose hasta que se encontró totalmente segura.

Otro beneficio de la presencia de las familias en la casa es que permite que los pequeños se relacionen con otros adultos, llegando incluso a establecer lazos afectivos con ellos; además, esta interacción aumenta su conocimiento social, pues tienen ocasión de observar cómo se relacionan otros niños con sus padres, y les hace anticipar el momento en que llegarán a recogerlos a ellos. Por ejemplo, al principio de este curso, Oliver solía llorar cada vez que algún familiar venía a buscar a una de sus compañeras, pero al cabo de un tiempo, a medida que iba familiarizándose con ellos, el llanto fue perdiendo intensidad, quedándose muchas veces en un amago de protesta, hasta que finalmente logró sentirse a gusto en su compañía. Esta pequeña ampliación de su círculo, en un entorno íntimo y cercano, va preparando a los niños para continuar extendiendo poco a poco y sin presión sus relaciones sociales.

Como es lógico, estos momentos privilegiados tienen que darse en las circunstancias adecuadas; por ejemplo, en el caso de pequeños que pasen más de seis horas en la casa nido, lo más habitual es que tanto ellos como sus padres deseen disfrutar del reencuentro y de su mutua compañía sin más dilación, e irse a casa o al parque juntos. También debemos tratar de no interferir en algunas rutinas que requieran que nos centremos en ellas, o no prolongar la estancia si alguno de ellos llora o se angustia, respetando siempre y ante todo sus necesidades y deseos.