La diferencia de edad en una casa nido

Hace varios años mi cuñada estuvo trabajando como maestra en una escuela rural, perteneciente a un CRA del occidente asturiano, a la que asistían once niños de entre tres y catorce años. En alguna ocasión pude visitarla y asomarme a su clase al final de la jornada y recuerdo la impresión que tuve de encontrarme en un sitio cálido y hogareño, casi más parecido a una casa familiar que a un aula; ella me había explicado que, al ser tan pocos alumnos en cada escuela, no los agrupaban por franjas de edad y lo habitual era que coincidiesen niños de cuatro años con otros de seis... de nueve... de once... En aquel momento pensé en la dificultad que, para alguien sin la intuición y experiencia de mi cuñada, podría suponer esa mezcla de edades para organizar la clase sin dejar de lado los intereses de ningún alumno; sin ignorar esa dificultad, que sin duda existe, hoy pienso que en aquel tiempo aún no había reparado en la capacidad innata de los niños para participar en su propio proceso educativo, ni en las posibilidades que ofrece la interacción entre ellos, que les permite pedir ayuda y prestarse apoyo mutuo cuando lo necesitan.

Más de veinte años después de aquellas visitas, cuando empecé a trabajar como madre de día, yo misma me encontré con el “reto de las edades” y no tardé demasiado en darme cuenta de que, aparte de un reto, es una gran oportunidad. Los niños que comienzan a relacionarse con su medio cuentan con una poderosa herramienta que les proporciona la ocasión de ir adquiriendo esquemas de acción y guiones sociales: la imitación. No sólo imitan a los adultos, sino también a los otros niños, y si estos niños son mayores que ellos suele aumentar la eficacia del modelado. Así, sentado en el suelo, Oliver, de diecisiete meses, observa con atención cómo Alicia, de dos años y medio, se pone los calcetines y acto seguido trata de hacer lo mismo; será cuestión de tiempo y de persistencia que lo consiga, pero parece claro que el hecho que motivó el primer ensayo fue haber visto cómo Alicia lo lograba con cierto éxito.

Esta diversidad no sólo beneficia a los más pequeños, ya que los mayores de la casa también aprenden actitudes de cuidado, responsabilidad, protección y compasión . Nora, de algo más de dos años y medio, ayuda a Oliver con su aperitivo pinchando trocitos de fruta con el tenedor y ofreciéndoselos (aunque él ya come solo con bastante destreza) y, un rato después, mientras bailan uno cerca de otro en el salón, ambos chocan y el peque se cae al suelo; el llanto es inevitable y al verlo, ella se siente responsable de la caída y rompe a llorar con desconsuelo. Al final termino con los dos llorando a dúo sobre mis rodillas y Alicia mirando la escena sorprendida y un poco compungida... Las dos niñas saben que Oliver es “más pequeñito”, y lo tratan con mimo y ternura, ayudando a que él se sienta contento y confiado; esa seguridad favorecerá que continúe afianzando las habilidades ya adquiridas y logrando otras nuevas.

Aunque no son situaciones muy comparables, dado lo distinto de ambos entornos (rural/urbano , escuela/hogar) y la diferencia de edad entre los niños que acogemos las madres de día y los de aquella escuelina de pueblo que tanto me gustó, no puedo dejar de encontrar puntos en común entre ellas. El principal parecido tal vez sea ese ambiente rico y dinámico que se crea cuando conviven niños en diferentes estadios evolutivos; se trata de un contexto en el que surgen espontáneamente y con frecuencia ocasiones de aprendizaje, donde las distintas necesidades se complementan y los roles que se establecen adquieren especial significado, por su variedad y su conexión con el mundo que les rodea, donde lo más natural es la mezcla.