La ansiedad de separación y el miedo ante extraños

En algunas ocasiones puede suceder que, aproximadamente entre los seis y los dieciocho meses de edad (coincidiendo con la etapa que Bowlby describió como “fase del apego bien definido”), los niños se muestren más temerosos de lo habitual ante situaciones nuevas, como pueden ser el contacto con personas desconocidas por él, o el hecho de verse separado de sus padres, aunque sea por un período de tiempo muy breve.

La aparición de estos nuevos temores suele estar influida por una serie de logros cognitivos que los bebés alcanzan durante una etapa que puede abarcar una amplia horquilla de tiempo, más o menos en torno al medio año de vida: uno es la capacidad para diferenciar entre los rostros conocidos y los desconocidos y otro, la incipiente percepción de sí mismo como alguien diferenciado, separado físicamente de sus padres y del resto del mundo. Además, desde el nacimiento, el vínculo con sus figuras de apego se ha fortalecido considerablemente y la necesidad de contacto con ellas se vuelve más perentoria. De este modo, el niño se hace más consciente del alejamiento de sus padres en el momento de la separación, que vive con angustia y sensación de desamparo.

Alrededor de los diez o doce meses, la adquisición del concepto de permanencia del objeto y la habilidad de predecir acontecimientos pueden acentuar la angustia de separación. El bebé, a partir de ciertos indicios (coger las llaves o el bolso, ponerle el abrigo...) intuye que papá o mamá se van a ir o van a dejarle en manos de otra persona; todavía no sabe que ellos sólo encargarán su cuidado a personas de confianza que le querrán y tratarán con mimo. Por otra parte, aún no tiene una concepción lineal del tiempo, que para él se para en el momento en que deja de ver a sus padres; como sabe que no han desaparecido, sino que siguen existiendo aunque no los tenga a la vista, no comprende por qué tiene que estar separado de ellos.

A la edad aproximada de dieciocho o veinte meses, y gracias a las primeras representaciones mentales, los pequeños habrán interiorizado la relación con sus padres y desarrollado unas expectativas realistas acerca de la disponibilidad y sensibilidad hacia sus necesidades. La aparición paulatina del lenguaje, lindando los dos años, ayudará al niño a comprender las explicaciones tranquilizadoras (“... mamá tiene que irse un ratín, pero volverá pronto y entonces iremos juntas al parque...”) y a expresar sus preocupaciones y deseos, aliviando en gran medida la angustia y la tensión.

Qué se puede hacer

La ansiedad será menor si, en sus primeros contactos con nuevas personas, le acompañan sus figuras de apego principales; es importante que unos y otros interactúen amistosamente, en un ambiente tranquilo, alegre y distendido. Cuando el peque se encuentre feliz, confiado y seguro del amor y la plena disponibilidad de su cuidador, podrá quedarse solo con él y no se mostrará inconsolable cuando sus padres se vayan.

Según he podido comprobar muchas veces, los niños que han establecido fuertes lazos afectivos con sus padres suelen afrontar los momentos de estrés con una actitud más serena; esa relación recíproca y satisfactoria les dota de potentes recursos que les posibilitarán sentar las bases de la autorregulación emocional.