El niño en su primer año de vida: reflejos, sentidos y movimiento

El bebé nace equipado con una serie de reflejos innatos muy elementales, cuya primitiva función es proteger su vida y ayudarle a adaptarse al medio aéreo, tras haber permanecido hasta entonces en el ambiente acuático del útero. Estos reflejos automáticos, matizados por la experiencia, se van integrando en esquemas cada vez más complejos, para dar lugar a las primeras adaptaciones intencionadas o, dicho de otro modo, a la inteligencia.

Pero antes, el niño se dedicará a sondear su entorno a través de los sentidos y a ejercitar de forma incansable sus crecientes habilidades motrices. Al principio su percepción será más bien confusa, moviéndose entre una amalgama de sensaciones inconexas, que se irán diferenciando poco a poco hasta adquirir características claramente identificables por el bebé.

Con su desarrollo motor sucede algo parecido: los primeros movimientos son totalmente descoordinados, fortuitos, pues el pequeño ni siquiera sabe si sus brazos, piernas, manos... son parte del mundo exterior o de sí mismo. Más tarde comenzará a hacerse consciente de su esquema corporal, aprenderá a realizar acciones motrices más elaboradas y voluntarias, primero centradas en su propio cuerpo, después sobre los objetos y personas que encuentre a su alrededor. Este progresivo dominio corporal sigue una dirección céfalo caudal, es decir: comienza por la cabeza (sujeción), continúa por los hombros y las extremidades superiores (agarre y manipulación de objetos), sigue por el tronco (capacidad para mantenerse sentado sin apoyos), y culmina con las piernas, cuando consigue esa maravilla de coordinación que es el gateo y, más adelante, ponerse de pie y dar los primeros pasos.

En esta evolución desde lo involuntario a lo voluntario, son fundamentales los cuidados dispensados por sus adultos de referencia, ya que estos, además de posibilitar su supervivencia y correcto desarrollo, facilitan que la información que el pequeño va recogiendo del ambiente pueda ser organizada y asimilada. Esto se debe a que una atención afectuosa y esmerada le aporta la confianza emocional suficiente para indagar en su entorno sintiéndose arropado, y así perseverar en sus exploraciones a pesar de los problemas que puedan surgir.

En conclusión, podría decirse que los reflejos, los sentidos y el movimiento son los principales recursos con los que el niño cuenta para zambullirse en el mundo apenas nace. Las interacciones y juegos cara a cara con la persona que le cuida, a modo de hilo conductor, irán orientándole y dando sentido a sus experiencias, nombrando los objetos que atraen su interés, subrayando sus impresiones y guiándole hacia su próxima etapa: la adquisición de la función simbólica, al filo de los dos años.