Bebés sostenidos

Hace unas semanas, las componentes de la Asociación de Casas Nido de Asturias (ACNA), de la que formo parte, asistimos a un curso de veinte horas de primeros auxilios en bebés y niños que habíamos organizado junto con Cruz Roja. Entre los asistentes al curso no sólo estábamos las socias de ACNA, sino que formábamos un grupo muy heterogéneo y bien avenido integrado por profesionales de la educación, padres y futuros padres, incluso personal sanitario. Las clases estuvieron repartidas en cuatro días, es decir, cada jornada tuvo cinco horas de duración y durante todo ese tiempo estuvimos acompañados de dos bebés de cuatro y siete meses y, el último día, además, de una niña de dos años y medio.

Desde el principio habíamos tenido claro que los padres que necesitasen llevar a sus pequeños podrían hacerlo y así se lo habíamos solicitado a los encargados de formación de Cruz Roja; estos se mostraron sorprendidos cuando se lo comentamos, aunque no pusieron reparos y lo consideraron como “una nueva experiencia”, pues aún no se habían encontrado con esa situación. No sabíamos con seguridad qué acogida podría tener la presencia de los niños entre las personas que habían decidido matricularse en el curso, y que tal vez no estuviesen acostumbradas a encontrarse con peques en una actividad que requiere bastante atención y además una buena parte de prácticas; de modo que en los correos informativos previos a la inscripción indicamos que los bebés serían bien recibidos y no hubo nadie que se echara para atrás por ese motivo.

Durante los cuatro días de formación todos pudimos comprobar que los bebés habían estado cómodos y alegres, y en los momentos en los que no había sido así del todo, habían sido inmediatamente consolados y atendidos y la inquietud les había durado poco tiempo. La más peque, de cuatro meses, estuvo pegada a su madre o a su padre, justo lo que necesitan a esa edad, y la de siete meses, bien en los brazos de sus padres o bien con una mantita en el suelo para moverse a gusto y un par de juguetes sencillos estuvo tan feliz; ambas tomaban lactancia materna a demanda y se echaban una siesta cuando les apetecía. En cuanto a la niña de dos años y medio, estuvo también relajada y contenta en compañía de su madre, a ratos jugando con calma y a ratos prestando atención a lo que ocurría a su alrededor.

Observando la tranquilidad de los niños y la confianza con que se integraron en las actividades del curso sin interrumpir su ritmo ni convertirse en el centro de atención, pensé que si todo había transcurrido tan plácidamente seguramente se debía en gran parte a que se les dejaba hacer aquello que respondía a sus necesidades en el momento evolutivo en que se encontraban: acurrucarse sintiendo el latido y la respiración de sus padres, mamar cuando quisieran, gatear, explorar y manipular materiales simples y naturales... Si los bebés hubieran estado más aislados del ambiente (por ejemplo, en un cochecito), y separados de sus figuras de referencia, sin tener oportunidad de experimentar y moverse libremente, además de que tal vez no hubieran estado tan a gusto, hubieran permanecido ajenos a su entorno, sin participar en él a su manera: observando y empapándose de todo lo que tuvieran al alcance de su vista.

Inevitablemente me acordé de Jean Liedloff y su concepto del continuum, según el cual los seres humanos necesitamos ser criados reproduciendo las experiencias que han marcado nuestra evolución como especie, es decir: mediante un estrecho y continuado contacto físico con la persona que cuida al bebé (que lo llevará en brazos hasta que sienta el impulso de desplazarse por sí mismo reptando o gateando) y practicando la lactancia a demanda y el colecho. Se trata de atender sus necesidades sin que el niño sea el centro de atención constante, más bien facilitando que no se sienta excluido de las actividades cotidianas que sus cuidadores realizan; de este modo, le ofrecemos la oportunidad de acompañarnos y de observar y aprender de manera natural las conductas y habilidades necesarias para afrontar la vida diaria. Conseguiremos con ello fomentar su independencia y su autoestima, haciéndole sentir que forma parte activa de su medio social y que como tal es tenido en cuenta por sus personas de referencia. Según palabras de la propia Jean Liedloff:

“La mayoría de las criaturas nacidas en Occidente viajan en cochecito, duermen en su cuna, lloran sin obtener el consuelo que reclaman… Padres e hijos nos separamos muy pronto, erróneamente convencidos de que estamos favoreciendo la independencia de los niños y nuestro bienestar”.